NO DIGA: BIENES ‘COMUNES’; DIGA: BIENES COMUNALES. ‘Lo común sin comunidad’ en el nuevo neoliberalismo de E. Ostrom

04.06.2015 23:23

“El resurgimiento de los bienes comunes como cuestión política tiene que integrarse plenamente en la lucha anticapitalista de forma muy específica. Desgraciadamente, la idea de los bienes comunes (como el derecho a la ciudad) está siendo tan fácilmente apropiada por el poder político existente como lo está siendo el valor a extraer de los bienes comunes urbanos por los intereses inmobiliarios”

David Harvey, Ciudades Rebeldes

 

Aunque entre de sus posibles procedencias nativas, el término bienes comunes tiene como génesis el Sur Global, últimamente su popularidad crece intempestivamente en el Norte. Lo anterior no sólo se registra entre los ámbitos académicos. En tiempos recientes, esta noción viene apareciendo con relativa gran fuerza en distintos espacios y debates políticos en los centros de la economía-mundo capitalista. Sin embargo, por paradójico que pueda parecer esta situación lejos de estar avalada por una contestación crítica al statu quo viene siendo promovida por el neoliberalismo in extenso.

 

En este marco, se debe subrayar la importante tarea que viene jugando el pensamiento de Elinor Ostrom en la colonización – en el sentido amplio de esta expresión –  y la privatización semántica de “lo común”. Gracias a su mediación intelectual, la hegemonía dominante pretende atentar contra la actualidad política potencialmente productiva de “lo común” y, al decir de L. Wittgenstein (¡primo de F.A. Hayek!), someter-lo-común bajo el juego del lenguaje neoliberal, desvirtuándolo como una realidad emergente que viene generando alternativas auténticas al capitalismo, incluyendo su fase neoliberal.

 

Hay que insistir sobre un hecho clave relevante para esta discusión. Si bien el capitalismo neoliberal enfrenta una crisis sin precedentes, sobre todo al nivel de sus referentes ideológicos, hoy este proyecto económico político de clase continúa aún vigente. Una de las varias operaciones tácticas desde las cuales se ha querido reactivar la renovación neoliberal tiene que ver con la búsqueda de nuevas fórmulas ideológicas que le permitan trascender en el tiempo perfeccionando así la alienación y el ocultamiento de sus contradicciones, las cuales muestran ya límites sin antecedentes históricos. El calidoscopio complejo, estructural y global de las crisis en minúscula (alimenticia, energética, ambiental, biológica, económica, política y social) las cuales convergen en la mal-llamada Gran Recesión, la Crisis en mayúscula calificada de civilizatoria, es un síntoma irrefutable en este sentido.

 

El concepto de ‘bienes comunes’ es uno de los ejemplos ilustrativos. Su construcción propiamente neoliberal ha sido posible a partir de una desposesión semántica, metódica y silenciosamente ininterrumpida que invoca “lo común” pero sin comunidad. Situaciones de este tipo no son novedosas y hacen parte del modus operandi histórico del pensamiento colectivo neoliberal[1].

 

La confusión al respecto resulta pasmosa y, en cierto sentido, dramática, en particular por las implicaciones que retiene en la batalla de ideas que hoy se libra en el campo ideológico de la hegemonía.

 

Distintos círculos de izquierda han venido exaltando - sea implícita sea inconscientemente pero al fin y al cabo en forma reiterada - la perspectiva de los bienes comunes á la Ostrom como si esta provocación fuera una disyuntiva crítica frente al neoliberalismo, cuando en realidad se trata de todo lo contrario: ¡Un intento de reafirmación! (velada, por supuesto). Por ejemplo, el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), plataforma globalmente reconocida por sus iniciativas desde el pensamiento crítico en el Sur Global, y más puntualmente en NuestrAmérica, el territorio político existencial donde se libran las batallas populares - en las ideas y en las prácticas – más determinantes contra la hegemonía neoliberal, cuenta hoy con un concurso de ensayos dirigido a los investigadores de la región bautizado “en homenaje a Elinor Ostrom”[2]. Un impasse que, valdría la oportunidad, debería ser rectificado.

 

Aunque por momentos la obra de David Harvey resulta ser indulgente con Ostrom[3] también ha sido una de las excepciones que demuestra detalladamente cómo la perspectiva sobre el Gobierno de lo Común y las ideas tales como la gobernanza policéntrica (de inspiración hayekiana; críticas que aplican a otros conceptos inaugurados por Ostrom como el sistema socio-ecológico) si bien cuestionan la ortodoxia económica simultáneamente se sintonizan plenamente con “las estrategias de clase neoliberales de la reproducción social” que pretenden actualizar este proyecto[4]. En el mismo sentido, Silvia Federici ha destacado que “lo común” en Ostrom representaría una tentativa real por cooptar este lenguaje y sus prácticas bajo un perfil pro-capitalista y, peor aún, atraparlo en un sentido eminentemente neoliberal:

 

Desde hace años, parte del establecimiento internacional capitalista (empezando por el Banco Mundial) ha venido promoviendo un modelo suavizado de privatización, apelando al principio de lo común, como remedio al intento neoliberal de subsumir todas las relaciones económicas al dictado del mercado. Se ha comprendido, de hecho, que las lógicas de mercado llevadas a su extremo se convierten en contra-productivas inclusive desde el punto de vista de la acumulación de capital, excluyendo el tipo de cooperación necesaria para un sistema de producción eficiente… Apelando a lo común también se da un giro positivo en la privatización, debilitando las resistencias esperadas…[5].

 

Como bien señalan David Bollier y Burns Weston respecto a la discusión en torno a la Gobernanza verde, el objetivo de este tipo de estrangulaciones teóricas sería “reconceptualizar la dicotomía neoliberal Estado/Mercado hacia una “triarquía”… Estado/Mercado/Lo Común - para adaptar la autoridad y aprovisionamientos de nuevas maneras mucho más provechosas” [6].

 

Las evocaciones de “lo común” en Ostrom por más “creatividad” que supongan, se dirigen – entre otros detalles de su teorización – hacia la instalación de una lógica “público-privada” en la cual la cooperación no implica la construcción de vínculos comunales de solidaridad en la producción y reproducción de las relaciones sociales. Antes bien, esa propuesta significa la apertura de un espacio (tercer sector) más allá del Estado pero más acá del Mercado que permita la coordinación “exitosa” entre los actores económicos y fortalezca la relación mercantil bajo una nueva modalidad[7].

 

Precisamente, esta es una de las “debilidades” históricas en el funcionamiento real de los mercados pero que contemporáneamente resulta ser más evidente e igualmente insostenible en el capitalismo tardío del nuevo milenio tanto en las realidades sociales en general como en los presupuestos teóricos. Las “fallas” de mercado que allende no se aceptaban en el discurso del fundamentalismo ortodoxo (el dogma de la omnipotencia del Mercado en una época de ofensiva neoliberal) ahora son incorporadas sistemáticamente por el pensamiento neoliberal heterodoxo el cual, a pesar de mostrarse “crítico” de la ortodoxia – antes proponía Harvey – resulta ser más neoliberal aún, retornando a sus orígenes y produciendo el discurso defensivo de la doxa (el Mercado) (Bourdieu dixit!), en su afán de avanzar hacia la renovación ideológica y la recomposición real de este proyecto de clase que le asegure mantener y consolidar su hegemonía en medio de esta crisis.

 

A través del aclamado “retorno del Estado”, la insistencia en revalorizar el papel que juegan las instituciones (aunque exclusivamente en función de los mercados no de las común-unidades), y variadas formas institucionales (Nueva Gestión Pública), de acciones económicas y políticas (Gobernanza) e instrumentos (alianzas público-privadas) el neoliberalismo ha mutado internamente con el único propósito de superar las críticas y su propia crisis y blindar su continuidad en el tiempo.

 

El discurso de lo común entra así a jugar un rol crucial, tanto en los cambios ideológicos como en sus transformaciones prácticas, y en este escenario Ostrom – entre otros neoliberales críticos del neoliberalismo (Sen, Stiglitz, por ejemplo) - resulta ser una pieza clave[8]. Ostrom sintetiza un locus donde lo público funciona como-si fuera privado, es decir, la privatización de lo público aunque bajo un nuevo mantra público-no-estatal que enrarece el sentido comunal de “lo común”.

 

El lenguaje es también un campo de lucha: no diga ‘comunes’; diga: ‘bienes comunales’.

 

Lo común en su sentido comunal propone una versión diferente y está enmarcado en una perspectiva no neoliberal de auténtica comunidad, unidad-en-común.

 

Lo comunal no supone lo público-privado como “algo dado” sino un proyecto “a producir”. Tampoco se trata de una simple hibridación privada-y-pública pues, como bien ha ilustrado Silvia Rivera Cusicanqui, lo híbrido conjuga pero no crea (el cruce, por ejemplo, “de un caballo con una burra [del cual] sale una mula” la cual ¡no puede reproducirse!). Lo comunal surge como abigarramiento, es decir, un ejercicio creativo constituido por la unidad que no disuelve la diferencia y así garantiza la (re)producción de nuestra vida por medio del trabajo colectivo. Los bienes y riquezas se valoran entonces por su uso y no están dominados exclusivamente por la lógica del intercambio ni para propósitos comerciales, tal como Federici y Caffentzis lo han subrayado frente a la propuesta neoliberal de Ostrom.

 

Una ventaja que tiene la expresión bienes comunales es su proximidad con comunalista, noción más cercana a varias alternativas recientes como la del Partido de Trabajadores del Kurdistán (PPK) la cual enarbola un proyecto anticapitalista y comunalista basado en los valores de autogobierno, democracia y libertad.

 

Al contrario, la expresión bienes comunes tiene la desventaja de encontrarse más próxima al comunitarismo, incluso en sus versiones neo-comunitaristas, asociadas por lo general - aunque no exclusivamente - a propuestas políticas inclinadas hacia la “derecha”. En Colombia, recordemos, se acuñó en tiempos del gobierno neoliberal ultraderechista de Álvaro Uribe Vélez, el Estado Comunitario como referente político, una versión criolla del “capitalismo popular”, expresión análoga y colindante a la proclamada durante la dictadura de A. Pinochet en Chile en las décadas de 1970s y 1980s en el inicio in vivo del neoliberalismo a nivel global.



[1] Activando la memoria histórica, en otra oportunidad, operadores del pensamiento neoliberal como J. Hicks “combinaron” la teoría keynesiana con la gramática neoclásica (las corrientes ortodoxas de raigambre angloamericano), lo que se denominaría posteriormente la síntesis neoclásico-keynesiana. Se trató del vaciamiento de los conceptos y el análisis propuesto por JM Keynes para mantenerlos ahora resignificados a la medida de las lógicas y semántica neoliberales. Se re-produjo - como en el caso que nos ocupa: “lo común pero sin comunidad” - ¡un keynesianismo pero sin Keynes! Puello-Socarrás, JF, Nueva Gramática del Neoliberalismo. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2008, pp. .

[2] “Premio Elinor Ostrom - Derecho al conocimiento como bien común: la promoción del acceso abierto en América Latina y el Caribe” (http://bit.ly/1cLKZNb). Uno de los tópicos que más sintonizaron las teorías de Ostrom y el pensamiento de F.A. Hayek fue “el conocimiento”.

[3] Las oportunas referencias sobre la “anécdota ostromiana” en la obra de Harvey las debo a María Ceci Araujo Misoczky, a quien agradezco su generosidad por compartir lúcidas reflexiones en torno a este tema.

[4] Harvey, D., Ciudades rebeldes. Del derecho a la ciudad a la revolución urbana, Madrid, Akal, 2013, p. 28 y 131.

[5] Federici, Silvia y Caffentzis, George, “Commons Against and Beyond Capitalism,” Upping the Anti: a Journal of theory and action. No. 15 (Sept. 2013), pp. 83-97.

[6] Citado por Federici, Silvia y Caffentzis, George, ibidem.

[7] Ostrom, E., The future of the commons: beyond market failure and government regulation. London: Institute of Economics Affaires (IEA), 2012, pp. 68-83. Esta publicación se basa en la conferencia impartida por Ostrom en el marco de la reunión anual que este Instituto realiza en honor a F.A. Hayek (Memorial Lecture).

[8] Elinor Ostrom es célebre no solo por haber alcanzado el nobel en Economía, considerado por antonomasia el Nobel de las ciencias sociales, también por ser, hasta este momento, la única mujer y la primera cientista política en alcanzarlo.